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Gustavo
UNDÉCIMO VIAJE A SERENDIPIA
CUANDO EL CORONEL
SOEHARJO ME DEVOLVIÓ MIS COROTOS
Cuando llegué a Balikpapan, Indonesia, a trabajar con SHELL para mantener la producción y refinación del petróleo del campo de Tandjung, me impresionó el gran tamaño de la aldea de unos 100.000 habitantes, de viviendas precarias habitadas por dayaks (los isleños) y por “navegaos”, muchos chinos que controlaban el comercio de la aldea y una minoría proveniente de Java, Sumatra y otras islas del archipiélago. Estaba militarizada debido a la situación de guerra inminente entre el gobierno de Sukarno y la Malasia. Al ser empleados extranjeros de SHELL nos encontramos prácticamente en situación de prisioneros en nuestras casas. Podíamos ir de allí a la oficina pero para ir a cualquier otro lugar debíamos pedir un permiso a la policía, inclusive si queríamos visitar la casa de otro extranjero de nuestro propio grupo. En la casa que me fue asignada encontré una pareja indonesia, ambos muy jóvenes, ella cocinaba y él limpiaba la casa y lavaba la ropa. Aún entonces prevalecía una cultura basada en la sumisión colonial (las islas fueron colonias de Portugal primero y de Holanda después). Estos jóvenes se me acercaban sumisamente porque sus cabezas “no debían estar nunca por encima de la mía”, algo que fui cuidadosamente cambiando.
Al
pasar por Hong Kong yo había hecho una compra de artículos comestibles y
domésticos porque en Balikpapan no los encontraríamos. Pasé dos días, en aquel
paraíso comercial que era Hong Kong, comprando jabones, cepillos, pasta de
dientes, sopas, carnes y todo tipo de vegetales enlatados, leche en polvo, linternas, baterías, almohadas, diversos medicamentos
contra todas las aflicciones imaginables, vitaminas, pantalones y camisas para
el trópico, sombrero contra el sol, la casi infinita diversidad de utensilios
domésticos que podría necesitar. Y, por supuesto, grandes cantidades de papel
higiénico (no era fácilmente obtenible en Indonesia) y varias docenas de
botellas de vino rojo y bastante whisky. Estas cajas serían enviadas a
Balikpapan después de mi llegada.
Llegué
a Balikpapan y comencé a esperar las cajas y, mientras tanto, comencé a vivir de lo que allí existía,
esencialmente arroz blanco, pescado, vegetales diversos y algunas carnes llamadas de res (daging sapi) o
de puerco (babi), las cuales resultaron ser perros y gatos respectivamente. Los
pollos (ajam) que lograba adquirir en la aldea (kampong), eran, como me lo
había advertido un inglés en Hong Kong: “rather
athletic”. Durante una crisis de escasez de papel higiénico logré mitigarla
adquiriendo en la aldea la colección completa de escritos de Mao Tse Tung, que
venía en un buen papel absorbente.
Al
cabo de varias semanas comencé a preguntar en la empresa la razón por la tardanza
en la llegada de mis cajas. Los funcionarios indonesios de la empresa
encargados del trámite me dijeron que el obstáculo insalvable que habían encontrado
era la actitud del Coronel Soeharjo, el jefe comunista del ejército en
Kalimantan (la isla donde estaba situada Balikpapan). Este hombre, me dijeron,
era el mayor rival de Sukarno por el poder en Indonesia y no estaba dispuesto a
hacerle concesión alguna a las empresas extranjeras. Esto era un asunto de alta
política, por lo cual debía tener mucha paciencia.
Después
de dos semanas adicionales de espera mi paciencia se había agotado y mi olfato
venezolano comenzó a decirme que debía tomar la iniciativa, si quería ver a mis cajas algún
día. En Venezuela yo había sido el “nativo” y observaba como los empleados extranjeros se
comportaban en mi país y como ese comportamiento les hacía posible o les
impedía ser aceptados. Había extranjeros que se identificaban de inmediato con
el país y quienes nunca lo hacían.
Por
lo tanto, decidí actuar en Indonesia como yo deseaba que actuase un extranjero
en mi país. Estuve dos o tres días ensayando un breve discurso en Bahasa
Indonesia, el idioma del país, y pedí una entrevista con el Coronel Soeharjo.
El
día de la entrevista llegué en mi jeep y fui llevado al despacho del coronel,
quien era de Java, de donde provienen muchos de los líderes militares y políticos
de Indonesia, un poco como nuestros andinos.
Llegué
frente a él y le di los buenos días:
“Selamat pagi, Panglima Soeharjo”, el título que se le daba al jefe militar de
la isla. Y procedí a darle mi pequeño discurso. Como nunca he hablado indonesio
de nuevo, desde hace casi 60 años, lo que aquí transcribo es mi lejano
recuerdo, seguramente lleno de imperfecciones.
“Tuan Panglima. Nama saya gustavo Coronel dan saya datang dari Venezuela.
Saya bekerja untuk Shell Indonesia. Beli tiga kotak makanan di Hong Kong yang
ada di kantor ini. Saya ingin menerima
mereka, silakan”.
Después de mi breve
“discurso” el Panglima sonrió y tocó un timbre, el cual hizo aparecer a un
ayudante, a quien le dijo: “busque las cajas del Sr. Coronel y colóquelas en su
jeep”.
Y me dijo,
primero en indonesio y luego en excelente inglés: “Sr. Coronel. Usted es el primer extranjero que me habla a mí en mi idioma.
Llévese sus cajas y dígale a sus compañeros que pueden venir a recoger las
suyas”.
Al día siguiente
llegué a la oficina de SHELL y hablé con los funcionarios que me habían dicho
que recuperar las cajas era una tarea casi imposible. Hacerlo, les dije, me
había tomado diez minutos.
Meses después en
Balikjpapan, después de haber librado algunas duras batallas con los sindicatos
comunistas empeñados en tomar el control de la empresa (Ver mi novela “El
petróleo viene de La Luna”) y superados
varios incidentes muy peligrosos, la situación llegó a ser de relativa
normalidad y nuestras familias pudieron reunirse con nosotros. Nuestro
bienestar en Indonesia durante el segundo año de estadía se facilitó
grandemente porque tuvimos muy en cuenta lo que los “nativos” desean ver en los
extranjeros como actitud: cordialidad, respeto por las diferencias sociales o
religiosas y un genuino deseo de interesarse en la cultura del país.
Qué experiencia, la gente no lo cree pero qué bueno es eso de al menos intentar hablar el idioma a dónde vas. Es como la gente que emigra y no se esfuerza por aprender un poco la lengua, pongo un ejemplo: EEUU, y las oportunidades que se pierden. También ocurre en Alemania dónde hablar alemán, que yo reconozco es fuerte para el hispanohablante, te abre muchas oportunidades. Pero que hayas tratado de hablar su idioma debió darle al oficial una buena referencia de tu persona, Gustavo.
ResponderEliminarA mí me pasó hace como 5 años en un aeropuerto francés, toda la conversación fue en ese idioma y aunque no era el mejor hablándolo sé que la muchacha captó que yo me esforzaba. Puso una galleta, que no me cobró, y un vaso de leche al final de la pequeña merienda. En Francia, que no es tan común ese esmero.
Va un buen abrazo.
Acosta,
MADRID.
ResponderEliminarExcelente historia y recomendaciones. Hablando el idioma hace una gran diferencia cuando uno está en otro país. Se disfruta mucho mas.
https://twitter.com/LaHistoria200/status/1517859869046489089?s=20&t=icU2g5Y7Wj4Gl19oL02jgw
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