sábado, 16 de marzo de 2019

La Muerte de un Tequeño

Los Teques


Aunque los pueblos generalmente no mueren sino que se transforman hay transformaciones que equivalen a la muerte. La experimentada por Los Teques, de aldea perdida en la bruma durante los años 30 y 40 a desorganizada ciudad desde los 80, equivale a una muerte, al menos para los tequeños sobrevivientes de aquella época, quienes recuerdan la cualidad mágica del pueblo, su clima, el inmenso reservorio de talento y de sentido del humor que allí moraba y las características extraordinarias de un pueblo donde a los muertos se les enterraba al ritmo de una guaracha, el sacerdote del pueblo perseguía a los niños con un garrote, el campanero de la iglesia había sobrevivido un aterrizaje en picada desde lo alto del campanario,  uno de los poetas del pueblo alegaba que su mejor poema era “La Vuelta a la Patria” de Pérez Bonalde y las ratas se comían la pantalla de los cines en pleno espectáculo, dando origen a airadas protestas del público de gallinero. En ese pueblo de escasos 10.000 habitantes había filósofos como el Negro Federico Escobar, teóricos del marxismo como el Chino Landaeta, conservacionistas como José Balbino León, poetas de verdad como Carlos Gothberg y Rubén Ángel Hurtado, notables periodistas como Julio Barroeta Lara y Ezequiel Díaz Silva, (a) Moquillo, analistas militares como el zapatero Chicho Conzoño, quien además jugaba una buena segunda base en béisbol, boticarios como mi papá Jesús María, Garván y Roberto Henríquez, barberos como Gumersindo León, Marrero y Capote, bodegueros como Herrera y Taborda, sobadores (lo cual en aquella época no tenía connotaciones sexuales), músicos como Teófilo León Y Adelso Alemán, musicólogos como German Luna y el suscrito, locas como Victoria y la Viejurra, médicos como Moros, Morillo y Estrada, millonarios como Pedro Ruso, joyeros como Guillén, comerciantes como los Morantes y los Almosny, educadores como Isaías Ojeda, Puyula, dentistas como el Dr. Mendoza y Bracho, tomadores de pelo como los Aguilar, dueños de tiendas de comestibles como los Gordils y los Viera, deportistas como los Navarro y los Fiorillo en fin, un conglomerado multicolor de gente cordial, que se saludaba incesantemente y cuyas casas estaban siempre abiertas para los amigos.  
No hablo de humoristas porque todos los tequeños de esa época eran humoristas. El ingenio era una cualidad que estaba, disponible para todos, en el aire que se respiraba. El chiste, la frase original, estaban siempre en los labios de los tequeños. Muchas de las muchachas eran bellas, simpáticas todas. Las diferencias de opinión se ventilaban a golpe limpio en un rincón de la Vuelta del Paraíso, eventos a los cuales asistía numeroso público y hasta se cruzaban apuestas. Cada contrincante elegía su entrenador o segundo en la esquina. El mío fue Julio Barroeta en mi confrontación con uno de los Salaverría,  adquisición que hice después de haber perdido mi primer encuentro con Héctor Penso.
Fue en esta Los Teques, cuya transformación en ciudad ciertamente no fue para mejorar, que creció y vivió durante su niñez y adolescencia  Rafael, Chilo, Lazo, una de mis últimas anclas espirituales con el pueblo que se nos fue. Como nunca nos vimos más, después que salimos del pueblo, siempre lo recordé como era, un joven delgado, muy bien parecido, de correctas facciones, de aspecto aristocrático, quien se casaría con Balita Rízquez, una de las muchachas más bellas del pueblo. Fue hace un par de años, casi unos 70 años después, que me re-encontré con Chilo, por la vía del Internet,  ya octogenarios ambos, el  cuatro años mayor que yo. Chilo conservaba su invariable optimismo y su sencillez desbordada de humanidad. Comenzó a enviarme casi a diario unas notas sobre la Venezuela en la cual vivía, llenas de una bella sencillez, alegres a pesar de las tragedia que lo rodeaba, viendo siempre el lado optimista de la situación, recordando a Los Teques, a sus primeros años como vendedor, actividad en la cual llegó a ser de excepcional calidad en algunas de las más importantes empresas del país y sus diarias caminatas en el Parque del Este.
Ayer recibí una noticia, ya no de Chilo, sino de una de sus nietas, donde me notificaba la muerte de Chilo a sus 90 años.  La muerte de un viejo tequeño es la muerte de aquella Los Teques en la cual crecimos y fuimos tan felices. Quien haya vivido en aquel pueblo neblinoso, lleno de arrieros, de beatas, toreros  y  humoristas, logró acumular en el Banco de la Felicidad un inmenso saldo positivo, el cual nos acompañaría durante toda la vida. La muerte de un hombre sencillo y cordial, de 90 años, nos arranca una lágrima pero el recuerdo de los años felices compartidos con él nos produce también una sonrisa.

8 comentarios:

F J Baptista dijo...

La historia de Los Teques es un microcosmo de lo que ha pasado en todos los pueblos y ciudades de Venezuela, quizás con la diferencia que Los Teques fue un centro cultural y de tradiciones especial. Recuerdo haber parado para comprar los caramelos de azúcar con formas de animalitos que se vendían ahí.
A pesar de lo triste que es ver toda la destrucción y el paso de las personas que daban vida y razón de ser a éstos lugares, agradezco el haber vivido en un tiempo en que pude vivir muchas experiencias y vivencias en una Venezuela donde se olía y respiraba futuro y progreso. Gracias a gentuza traidora, con envidias y llena de rencores como Chávez y sus malandros, ése país no existe hoy.

Unknown dijo...

Gustavo coronel, fui empleado de la industria siendo tu, y perdona la confianza, miembro de la directiva, y siempre me llamo poderosamente la atencion, la forma magistral de resumir las charlas q daba la industria sobre sus actividades.
La razon para dirigirme con gran respeto y admiracion sobre sus(LAS ARMAS DE CORONEL), es q tengo la seguridad de que podras disfrutar en vida la salida de estos satrapas, y poder escribir ya, con la alegria de haber contribuido en algo con tus escritos, q dejaran un testimonio invalorable para las nuevas sutoridades
Te deseo a ti y toda tu familia lo mejor del mundo

Anónimo dijo...

Era otra compañía, me atrevo a decir que no tendremos otra como aquella.

Unknown dijo...

Este comentario me pertenece, JOSE ANTONIO BÁEZ RODRIGUEZ, (josebaezr@hotmail.com)y gracias por leerme

Maria Teresa van der Ree dijo...


Sentido pésame.
Grandes recuerdos. Para mí la Caracas donde yo nací (1931) y crecí es inolvidable. Muchas coincidencias con el relato de Los Teques, que por cierto ibamos con frecuencia cuando mi hermano estuvo en el Liceo San José donde estaba el Padre Isaías Ojeda. En Caracas viví muy feliz hasta que me case en diciembre de 1951. Solo estuvimos dos años en Nueva York donde estudié en Marymount de la Quinta Avenida. El progreso siempre es indetenible y nos cuesta acostumbrarnos a los cambios. Luego lo que nos ha pasado los últimos 20 años, ni siquiera son de progreso sino todo lo contrario, destrucción. Dios quiera que podamos regresar a la vida normal con moral y cívica.

Gustavo dijo...

Los caramelitos con forma de animales eran hechos por las hermanas Mendiri, quienes vivían cerca de la estación del ferrocarril. Eran hechos de miel y aunque todos sabian igual me gustaban particularmente los camellos,
Gustavo

Anónimo dijo...

http://www.el-nacional.com/noticias/economia/fallecio-washington-economista-venezolano-ramon-espinasa_275771

Anónimo dijo...

Se nos fue Espinasa. Un grande.

https://prodavinci.com/lecciones-y-propuestas-para-la-reconstruccion-del-sector-petrolero-a-75-anos-de-los-acuerdos-de-1943/