miércoles, 29 de febrero de 2012

Volando con Sabú, en su alfombra mágica



El regreso al pasado, si es frecuente, puede ser peligroso. Marca el principio de nuestro fin, esa etapa de la vida en la cual nuestra existencia parece convertirse en repetitiva, más de lo mismo, hasta aburrida. Aquiles Nazoa definía esta etapa como darle vueltas a la noria. Cuando esa etapa llega, advertía Aquiles, no está lejos el obituario sobre la muerte del “secretario del Juez Municipal”. Mosca, pués.

Pero, de vez en cuando, por supuesto que esto es permisible y hasta beneficioso!

Esta mañana, como a las cinco, cuando llovía copiosamente en Virginia, cuando la neblina era espesa y generaba melancolía, cuando el café colombiano (no hay venezolano en la zona) comenzaba a esparcir su aroma en el pequeño apartamento, encontré en la televisión (Turner Classics) nada menos que al “Ladrón de Bagdad”, la cinta producida en Inglaterra, no en Hollywood, por Alexander Korda en 1939. La música? Nada menos que de Miklos Rozsa. Sus actores principales: Conrad Veigt, el villano; June Duprez, una bellísima mujer y la revelación de aquella época, Sabú.

Ello me clavó en la silla y me transportó, sin excusas o atenuantes, a mi niñez. Tendría siete u ocho años cuando la ví por primera vez, en Los Teques. El Cine “Guaicaipuro” era una sala larga y estrecha dividida en dos porciones, una tercera parte muy cerca de la pantalla, llamada “Gallinero”. Dos terceras partes más alejadas, mejor para ver la película, llamada “Patio”. Honestamente no recuerdo ya donde estaba sentado pero si recuerdo haber visto lo que hoy he visto de nuevo, con el mismo deleite infinito.

Hoy, como hace ya unos 70 años, la película me cautivó. Sus colores, el paisaje, los efectos especiales parecieron hoy tan impresionantes como ayer. La impresionante escena en la cual la mujer mecánica hinca sus garras en el pobre Sultán de Basra, me llenó de terror hoy como ayer.

Esta cinta es una sucesión de maravillas. Ahora puedo apreciar mejor la dulce y poderosa belleza de June Duprez. Ella llegó a mi vida demasiado temprano, yo tenía ocho años cuando la ví por primera vez y, hoy la veo de nuevo pero demasiado tarde, puesto que ya ella murió hace muchos años. Sabú es el joven ladrón que captura no solo la comida de los desprevenidos comerciantes sino la simpatía de quienes lo vieron actuar. Lamentablemente Sabú murió muy joven, después de una vida intensa, a lo Modigliani, antes de cumplir cuarenta años. Pero allí, en la maravillosa cinta, figuran también un caballo volador, un inmenso genio embotellado y liberado por Sabú, la mujer mecánica asesina, una alfombra mágica, mercados rebosantes de frutas y vegetales, minaretes azules y jardines de ensueño. En las primeras de cambio el joven protagonista es cegado por el villano y Sabú, su aliado, es convertido en un simpatiquísimo perro. Pero, al final, como debe ser, todo termina bien. Sabú liquida al villano. El joven califa se casa con June, el muy aprovechado, y regresa a mandar en su región. Sabú sigue su camino en la alfombra mágica. Y todos son felices por años y años.
Hoy, llevado de la mano por Alexander Korda, regresé brevemente a mi niñez, montado en la alfombra mágica de Sabú.
He pasado todo el día lluvioso y gris en un estado de bienaventuranza.
Gracias le doy  a June Duprez y a Sabú, por haber iluminado mi niñez.