domingo, 23 de junio de 2013

La muerte de Jack Vance: gran maestro de la fantasía


 
Hace unos 30 años compré, un tanto al azar, la llamada Trilogía de Durdane ( The Anome, The Brave Free Men y The Asutra), del escritor estadounidense Jack Vance. Nunca lo había oído nombrar pero esa compra me abrió las puertas de una serie de mundos maravillosos, me permitió conocer personajes inolvidables y, sobre todo, me permitió disfrutar, paladear, una prosa poética como nunca la había experimentado, en el campo de la llamada ciencia-ficción o, más apropiadamente en su caso, ficción de fantasia. Esta trilogía de Durdane me conmovió hasta lo más íntimo porque narra la saga de un pequeño grupo de personas comunes y corrientes quienes juntan esfuerzos para salvar a su planeta Durdane de una invasion de otros mundos. Es el mismomensaje de “El Señor de los Anillos” de Tolkien, pero  mucho más compacta, en prosa mucho menos arcana y más directa, con personajes que se parecen a nosotros.  

Todavía re-leo una vez al año esta maravillosa trilogía. Reafirma mi fé en el poder de la perseverancia y de las iniciativas.  De inmediato agregué a su protagonista, Gastel Etzwane, a mi lista de héroes preferidos.
Jack Vance

Ya capturado por esta maravillosa obra me dí a la tarea de buscar nuevas obras de Vance: “Las Crónicas de Cadwal, “La Tierra Agonizante” (The Dying Earth), Big Planet, ´Vivir para siempre”(To live forever”, “Alastor”.  Vance escribió unas 60 novelas de este tipo, algunas de las cuales están out of print, excepto por una colección de sus obras completes publicada hace unos años, que vale unos $2500 y pocos pueden comprar. En www.amazon.com , sin embargo, hay un buen mercado secundario de sus obras.

Que es lo maravilloso de Vance? Su prosa. Es deleitosa, inimitable. Lean esta manera de comenzar “Throy”,  su tercer libro de la trilogía “Las crónicas de Cadwal”. Lo pondré primero en español, en mi traducción muy imperfecta y, luego, en  el original en Inglés:

“A mitad del camino hacia el brazo Perséico, cerca del borde del Alcance Gaénico, un caprichoso giro de gravitación galáctica ha atrapado 10.000 estrellas y las ha envíado a un desvío con un lazo y un adorno en su ápice. Este collar de estrellas es el Manojo de Mircea”. 

En Inglés: “Halfway along the Perseid Arm, near the edge of the Gaean Reach, a capricious swirl of galactic gravitation has caught up ten thousand stars and sent them streaming off at a veer, with a curl and a flourish at the tip. This strand of stars is Mircea’s Wisp”.

Elegante, verdad?

Y así es todo lo de Vance. Su deseo fué el de poder hacer antropología en otros mundos. Sus novelas hablan de conflictos y soluciones en planetas lejanos donde la tecnología y la magia co-existen en armonía, siempre con algun recuerdo nostágico para la madre Tierra. En “Big Planet” pinta  una aldea donde los sirvientes y los señores se alternan en sus roles, lo cual hace que cada quien pueda ser poderoso y humilde en uno u otro momento. En otra de sus obras el protagonista llega a un  planeta y el hotel donde va tiene cinco puertas, dependiendo del status social del viajero, pero el hotel es el mismo, aunque cada quien paga segun su estatus. En “La Tierra Agonizante”, “The Dying Earth”, Vance nos regala a Cugel,  un ingenioso pícaro memorable, a la usanza de Tartarín de Tarascón ( obra de Alfonso Daudet), Till Eulenspiegel o El Lazarillo de Tormes.

Su tema constante es el triunfo de la perseverancia.

Su influencia sobre otros grandes de la ciencia-ficción y de la fantasia-ficción ha sido enorme. El autor de “Game of Thrones”, George Martin, lo tuvo como idolo.

Jack Vance acaba de morir, en su sueño, a los 96 años. Quienes éramos sus devotos lectores acariciábamos la esperanza de que Vance sería eterno. Sin embargo, si hemos de creer a Ray Bradbury, si la la gente muere cuando deja de hacer lo que ha hecho toda su vida, Vance ya tenía algunos años de muerto. Ciego, muy anciano, había dejado de escribir. Para todo efecto, no era Jack Vance sino su dulce memoria, descansando en sus glorias en su casa de Tiburón, California, contemplando el mar.

Jack y Norma Vance, 1997
Pero, que memoria, que maravillosa presencia nos deja. Tenemos sus obras, golosinas para el intelecto, su prosa que alguien asemejó, por su elegancia y delicadeza,  a huevos de Fabergé, su sentido del humor, sus agudas observaciones sobre la naturaleza humana.

Nos vemos en Durdane, Jack.