miércoles, 18 de noviembre de 2015

Nostalgia de Maracaibo


Cuando la vi por primera vez no tenía tantos edificios ni el puente existía aún

Un amigo me ha enviado este video: https://www.youtube.com/watch?v=MU6l0CMhF98 que muestra la bajada de La Chinita, la ceremonia que se repite año tras año en Maracaibo en este día, el llamado Día de La Chinita, la virgen guajira, la Virgen de la Chiquinquirá. Aún para quienes no tenemos el don de la fe religiosa esta es una ceremonia conmovedora. Sorprende la devoción y la compostura en un pueblo que es por naturaleza un tanto desordenado y exuberante en sus maneras. La ceremonia está amenizada con música de gaitas, una variedad más pausada y elegante que la gaita de todos los días.
Viendo este video he viajado en el tiempo hacia la Maracaibo de mi juventud, la cual fue muy feliz, llena de amables y dulces recuerdos. Llegué por primera vez a Maracaibo como estudiante de geología en la Universidad de Tulsa, a hacer una pasantía de seis semanas con la Compañía Shell de Venezuela, la “Chell” en el lenguaje popular.  Recuerdo haber viajado a Maracaibo en un DC-3 de la línea aérea TACA, vía Barquisimeto y Valera, dando tumbos sobre aquellas montañas áridas del paisaje larense.
En Maracaibo, 1955

La Maracaibo que vi era una ciudad singular, totalmente diferente a mis Los Teques de la adolescencia. Era una “gran ciudad”, muy plana y de calles y avenidas rectas y dispuestas de manera simétrica, una ciudad en la cual era fácil orientarse. Esta simetría apenas se rompía en los barrios y en el centro de la ciudad, en la Plaza Baralt y su mercado de la Marina, un atractivo hervidero humano lleno de vendedores de toda clase de productos. La ciudad me impresionó por su limpieza y por el aspecto de su gente, dicharachera, alegre, con sus mujeres hermosas que miraban a los hombres de frente y con ojos evaluadores. Me dieron una habitación en una casa de huéspedes en la Colonia Bella Vista, frente al Club del mismo nombre, en el cual en la tarde se jugaba tenis y se tomaba “shandy”, una mezcla de cerveza con Ginger Ale.
Después de mi graduación regresaría a Maracaibo a comenzar mi carrera. Las oficinas de la empresa Shell estaban en la avenida 5 de julio, en un hermoso edificio de corte colonial británico, el cual –espero- aún se conserve. Inmensas “laras”, nombre que se le da en Maracaibo al samán, le daban una intensa sombra.  Por breves días estuve en el hotel “Detroit”, en el cual había una terraza donde era posible sentarse a tomar cerveza y  ver pasar la gente. Casi de inmediato fui enviado a un grupo geológico en Siquisique, estado Lara, donde comenzaría mi carrera como geólogo de campo. El Gerente de Exploración  me dijo: “tiene tres días para comprar lo necesario: pantalones de Kaki, medias gruesas, objetos de uso personal, todo lo necesario para estar en el campo”. Al partir estaría en el monte por cuatro años, con breves visitas periódicas a la “civilización” de Maracaibo. Al no tener posibilidad de gastar nada en el monte acumulaba salarios en el banco, ganaba Bs1800 al mes,  y en los días de regreso a la ciudad me encargaba de gastar lo más posible, en noches de fiesta en el Hotel del Lago tomando champaña.
Después de cuatro años en el monte regresé a la ciudad como geólogo regional, una especie de médico internista quien reúne datos geológicos y geofísicos de una extensa zona para producir un mapa geológico que pueda indicar las estructuras más promisorias para perforar pozos petroleros. En esa fascinante tarea tuve la suerte de trabajar al lado de geólogos notables como Habicht, Renz, van Andel, Schaub, Blaser, Follón, Bodenhausen, Milroy, Frankl, Reading, quienes me trataban con especial cortesía por ser muy joven y por ser uno de los pocos venezolanos en esa actividad.  
En esos días me casé con una joven zuliana, la reina del Carnaval de Maracaibo,  con quien he tenido 56 años de feliz matrimonio. Mis tres hijos nacieron en Maracaibo y yo me hice maracucho por “naturalización”, cautivado por la fisonomía de la ciudad y de sus gentes. Los sábados me iba a comprar en el mercado de Santa Rosalía, un verdadero espectáculo multicolor, lleno de verduras, frutas, carnes y el vocerío de los maracuchos.  El olor a diésel de Lagunillas era para mí tan maravilloso como puede ser el Chanel #5 para una mujer. Fueron muchas las horas pasadas en el Lago, volando en pequeños helicópteros de burbuja en medio de aquella inmensa negrura, solamente rota por segundos por el relámpago del Catatumbo. Una noche, en medio de una tormenta, el piloto me dijo: “Coronel, estáis asustado”?  Y yo, queriendo mostrar mi confianza en él, le respondí: “No, en absoluto, capitán”. Y me dijo: “qué suerte tenéis. Yo estoy chorreado”. Esa noche nos posamos en una gabarra cercana a la costa, sin poder llegar al campamento.
De regreso de una aventura de dos años en Indonesia había podido ahorrar suficiente dinero para hacer nuestra casa, en Tierra Negra, en la calle 13A con 69A y allí transcurrieron varios bellos años de mi vida. Una casa modesta pero nuestro primer hogar, en el cual teníamos fiestas para nuestros amigos y familiares de mi esposa que casi siempre duraban hasta el desayuno del día siguiente. Maracaibo era un paraíso ardiente pero en el cual, el aire acondicionado universalmente utilizado, convertía los salones y las oficinas en sitios donde había que usar sweaters y donde las mujeres frecuentemente utilizaban pieles para ir a los cocteles. Abundaban los excelentes restaurantes franceses, españoles, de carnes, la ciudad era pujante y vigorosa. La construcción del puente eliminó la larga espera para tomar los ferris. Era una gran ciudad.
Llegó el día en que tuve que dejarla para ir a Caracas, a Valencia, a Washington. Continué visitándola para recapturar, en lo posible, la felicidad de mi juventud. Sin embargo, ya tengo muchos años que no la veo. Es posible que haya cambiado mucho pero me gustaría regresar y encontrarme, antes de que sea tarde, con los amigos de siempre, con gente querida por mí.
Hoy, al ver el video de la Bajada de La Chinita,  sentí de repente una intensa nostalgia por Maracaibo, tierra bendita que recibió con cariño a un joven que llegó desde las montañas de Los Teques a comenzar su carrera y lo dotó de una familia que lo ha hecho muy feliz.

Maracaibo, quien te viera 

5 comentarios:

Samuel Chirinos dijo...

Amigo Coronel, le envío un link con vista satelital y coordenadas de una edificación tipo Shell ubicada frente al Club Bella Vista de Maracaibo que supongo fue donde Usted se alojo a su llegada. También le indico otro link donde aparece un individuo con similar nombre al gerente de la aduana aérea de Maracaibo en un caso judicial en el estado Nueva Esparta.

http://wikimapia.org/#lang=es&lat=10.671613&lon=-71.604032&z=19&m=b

http://nueva-esparta.tsj.gob.ve/DECISIONES/2014/FEBRERO/272-21-OP01-P-2012-014476-OP01-P-2012-014476.HTML

Gustavo Coronel dijo...

Gracias, Samuel. El edificio donde yo estaba parece no existir ya, parece que hay un lote sin construir allí.Era una casa de dos pisos, con techos como de asbestos, pasando la avenida/calle que la separaba del Club.
Gustavo

Anónimo dijo...

Cada vez que le leo, Don Gustavo, aprendo algo de alguien a quien poco a poco, leyendo lo que Usted escribe, he aprendido a admirar.
Gracias por contarnos sus muy intesantes experiencias..........

LLevatelo Willie

Unknown dijo...

Dios lo bendiga don Gustavo. Todos sus colegas venezolanos y extranjeros sentimos admiracion y respeto por usted. Un cordia saludo..... DvB

Diego van Berkel dijo...

Dios lo bendiga don Gustavo. Todos sus colegas venezolanos y extranjeros sentimos admiracion y respeto por usted. Un cordia saludo..... DvB