sábado, 11 de abril de 2015

Cristo vive en los Andes venezolanos


O, por lo menos, allí vivía en 2003, cuando me encontré con él. Era día de Corpus Cristi e iba yo camino a Las Piedras, en el estado Mérida, un pueblo donde había comprado un terrenito de 800 metros para hacer una casa y pasar allí mis últimos años (la cosa no funcionó). Salí de Valencia en la mañana, rumbo a Las Piedras, pero al comenzar a subir hacia los Andes comenzó a llover y entró una espesa neblina. Entre la neblina y la lluvia tomé un camino equivocado, más estrecho, semi-invadido por una verdísima vegetación de helechos. Un niño al borde de la carretera ofrecía un dálmata en venta. Partes del estrecho camino se habían desplomado con el invierno y el precipicio a la derecha era aterrorizante. Con gran tensión seguí adelante por unos pocos kilómetros y, de repente, me encontré con una aldea que no conocía. Tendría unas 15 casas, una capilla y una pequeña plaza en la cual, inevitablemente, habían colocado un busto del Libertador. A pesar de que era mediodía parecía casi de noche, debido a la neblina.
Le da la vuelta a la placita y me estacioné frente a una bodega, frente a la cual había una mesa y un par de sillas. Algunos racimos de cambur, una bolsa de aguacates y un pedazo de carne en un gancho constituían la oferta principal del negocio. Adentro, hacia atrás, un par de mujeres hacía arepas en un budare, llenando todo el local de un sabroso olor a maíz.
Me senté en una de las illas y le pregunté al señor de la bodega sí tendría algún “calentito”. Asintió y me trajo una taza de aguardiente con canela y algún otro sabor que no logré identificar. Me lo tomé a sorbos, sintiendo una creciente sensación de bienestar. Pedí otro, y al cabo de un corto tiempo, entré en una especie de estado de somnolencia,  intermedio entre el sueño y la conciencia. Oí tocar la campana de la capilla  y vi llegar a un joven en una silla de ruedas. Se dirigía a la capilla. Vestía una camisa azul desvaído y unos pantalones a media rodilla que habían visto mejores días. Cuando llegaba a la capilla se encontró con la pequeña procesión que de allí salía, un niño con el incensario, seguido de tres policías y un sacerdote. No recuerdo como uno de los policías empujó al joven de la silla para sacarlo de la ruta y ello hizo volcar la silla y lanzar a su ocupante al suelo, golpeándose la cabeza al caer.
 Instintivamente, me paré y acudí en su auxilio. Estaba de espaldas, con la cara al cielo y sangraba ligeramente de una rotura en la cabeza. Parecía estar llorando y su largo cabello, mojado, y la intensidad de su mirada, me hizo recordar un crucifijo de marfil parcialmente roto que he conservado en mi sitio de trabajo por muchos años. Con la ayuda del bodeguero   lo ayudamos a sentarse, de nuevo, en su silla. Nunca pronunció palabra. Solo nos veía intensamente. Una señora vino presurosa y se lo llevó.
Regresé a mi silla y a mi “calentadito” y le pregunté al bodeguero quien era ese joven. “Vive arriba”, me dijo el bodeguero, indicando un cerro cercano. “Nunca habla mucho. Misterioso… vive rodeado de animales y lo cuida su mamá… Siempre baja al aldea en Corpus Cristi”.   
Le pregunté, sonriendo: “Supongo que la madre se llama María?”.
“Pues sí”, me contestó el bodeguero. “Así se llama. Ella talla la madera… esto lo hizo ella”. Y me enseñó un crucifijo tosco pero poseedor de una extraña gracia que tenía en el mostrador.  
Terminé de tomar mi “calentadito”, sintiendo una profunda paz interior. Había cesado la lluvia y, al devolver mis pasos, pronto encontré la carretera y seguí mi camino hacia Las Piedras.
En Santo Domingo comenté con los empleados del hotel  mi encuentro y les hablé de la aldea. Ninguno pareció saber de lo que estaba hablando. Uno de ellos me dijo: “Por esa zona que usted menciona  hay solo una aldea, pero no tiene capilla. Y mire que me conozco todo esto”.

No respondí pero sé lo que vi, nada de alucinaciones provocadas por el “calentadito”. Estoy convencido de que ese día me encontré, cara a cara, con el cuerpo de Cristo. Sé que lo ayudé a levantarse y nunca podré olvidar su mirada. Es la misma que veo todos los días frente a mi pequeño escritorio.  

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Uno de sus mejores relatos Sr.Coronel.
Un cordial saludo
YUra

Anónimo dijo...

Un oasis de lectura
Muchas gracias
Luis

AEssis dijo...

Gustavo: Lei tu relato en momentos dificiles y al hacerlo me senti como tu que habia entrado en un oasis de paz y tranquilidad.Gracias. Alfredo

Jesús Saavedra dijo...

He leído su blog Sr Gustavo desde hace años, con sus pausas, y cada vez que vuelvo reviso los muchos post que me he perdido. Este de hoy, realmente, muy agradable. Un cordial saludo!

Jesús Saavedra

Gustavo Coronel dijo...

Querido Alfredo:
Espero sinceramente que los momentos difíciles sean superados. Que la paz y la tranquilidad nunca te abandonen,
Gustavo

Ute Hempel dijo...

Dr Coronel, siempre hay alguien que me reenvia sus acertados escritos, pero éste merece una mención especial, me hizo ver a Cristo también. Gracias
Ute Hempel
Ex-Maraven

Leopoldo dijo...

Buena anécdota!. La disfrute!!. Me hubiese gustado mucho haberte acompañado en una de esas tantas vueltas tuyas!. Abrazos.

Anónimo dijo...

Mis Respetos y Admiración para UD.así como ve con mayúscula.