CINCUENTA AÑOS DE TRABAJO
DOCE EXPERIENCIAS
APORTE PARA LA PEQUEÑA HISTORIA DE LA CLASE MEDIA
VENEZOLANA
PARTE I
Trabajar para una empresa u organización se asemeja
a un matrimonio. Es frecuente oír decir que Fulano está casado con la
empresa, para significar el grado de dedicación que una persona puede
sentir por la organización para la cual trabaja. En esa relación es frecuente ver
componentes de fidelidad y afecto que uno asocia con el matrimonio. Y quienes
hacen toda su carrera en una sola empresa, desempeñando tareas de su especialidad,
son vistos por sus amigos como “monógamos”. Hay otros quienes durante su
carrera han estado en múltiples organizaciones, son “polígamos” del trabajo. Y
no solo han estado en diversas organizaciones, sino que han desempeñado tareas
de diversa naturaleza, no las de una especialidad. En ese segundo grupo estoy yo.
Durante mis cincuenta años de trabajo formal para
una empresa u organización pasé por unas doce de ellas y fui geólogo, gerente,
director y miembro de la presidencia (vicepresidente o director general) en
varias organizaciones, investigador académico, analista de proyectos,
consultor, promotor de actividades comunitarias, ejecutivo de empresas de
servicio y gerente del sector público. Estas fueron las empresas:
Shell de Venezuela -CVP -PDVSA- Maraven - Meneven -Harvard
– BID - PROCALIDAD DE VIDA - Arthur D Little – GRUPO DE PROYECTOS DE INGENIERIA
- CVG -GOBERNACION DE CARABOBO – PUERTO DE PUERTO CABELLO.
SHELL DE VENEZUELA. Entré a trabajar en esta empresa
a los 21 años, después de disfrutar de una beca de estudios de esa empresa por
tres años en la Universidad de Tulsa. Fue mi primer amor y quizás el más grande
amor, al menos así lo recuerdo. Era muy joven y llegué a una maravillosa ciudad
venezolana a trabajar, Maracaibo, allí conocí a mi esposa de toda la vida. En
esa empresa me vi rodeado de profesionales de excepcional calidad, geólogos que
tendrían renombre internacional: Otto Renz, Konrad Habicht, Jan Van Andel, Harold
Reading, Hans Schaub, Bill Milroy, Engbert Kiewiet de Jonge, con todos quienes tendría
una amistad muy estrecha, todos empeñados en ayudar a un joven geólogo
venezolano. La empresa era llamada en Maracaibo la madre “chell”. Mientras
estuve con ella en la primera vuelta, 1955- a 1967, pude trabajar en Holanda
por un año, en Indonesia por casi dos años, en el monte venezolano, en sus
campos petroleros de la costa del lago de Maracaibo, siempre fui tratado
correctamente y con afecto por mis supervisores.
CVP. En 1967 me encontré con un ingeniero de petróleos
por quien tenía gran respeto, Fernando Delon, quien era director de exploración
y producción de la empresa petrolera estatal, CVP. Delon me dijo que estaban
construyendo una empresa petrolera venezolana y que necesitaban a personas como
yo, con valiosa experiencia internacional, ya formado. Me ofreció la posición
de gerente de exploración de la empresa. Acepté y salí de Shell, lo cual causo
gran malestar a esta empresa, que consideró que yo me portaba mal con ellos. En
reunión con el presidente de Shell, C.C. Pocock, quien había tomado interés
personal en mi carrera, le expliqué las razones de mi salida, diciéndole que yo
pensaba que sería más útil para el país en CVP que en Shell, empresa que tenía
mayor profundidad en sus cuadros profesionales. Años después, cuando ya Pockock era el jefe de
Shell a nivel mundial, nos encontramos de nuevo y me dijo: “Gustavo, tenías razón”,
un bello gesto de su parte. En la CVP me encontré con una organización muy
diferente a Shell, Se trabajaba el doble para producir la mitad del resultado.
Esto no era debido a la superioridad congénita de los ingleses frente a los
venezolanos sino a algo más sencillo y poderoso, se debía a su organización, a
la naturaleza esencialmente profesional de su gestión y a la existencia de
normas y procedimientos que eran más poderosos que los deseos o caprichos de
alguien en la organización. En CVP me encontré con una chaqueta de fuerza, ser
parte de la administración pública. No
se entendía, por ejemplo, que un geofísico pudiese ganar tanto dinero como un director
de la empresa. A dos años de mi llegada me pidieron perforar un pozo
exploratorio con urgencia en el Lago de Maracaibo, porque el gobierno
necesitaba señales de actividad en esta área, a lo cual me negué, ya que no teníamos
el estudio previo necesario para definir la localización con las mayores probabilidades
de éxito. Renuncié y me botaron, todo el mismo día. Me fui a USA a trabajar por
dos años en los campos petroleros de Luisiana y Oklahoma y regresé a
Venezuela…. llamado por Shell! Es decir, fui de vuelta a mi primer amor. En
sentido figurado, me volví a casar con la misma mujer y allí estaba cuando se decretó
la nacionalización y Shell paso a ser Maraven.
PDVSA. Durante el intense debate que precedió al
acto de nacionalización tome una iniciativa, junto con Marcos Marín Marcano Y
Odoardo León Ponte, crear una organización de empleados petroleros para
intervenir en ese debate, ya que sonaba ilógico que quienes más conocían la
industria petrolera no fueran a dar su opinión, dejando que miembros del sector
político, algunos bastante ignorantes o ideológicamente comprometidos,
dominasen el curso de los acontecimientos. Este aporte resultó ser importante
para moldear el resultado de la nacionalización y , para mi sorpresa y la de
Shell, el presidente Pérez me nombró miembro de la primera junta directiva de
PDVSA. Esta fue una experiencia extraordinaria, trabajar junto al general Rafael
Alfonzo Ravard, un brillante gerente del sector público, poseedor de una gran cultura
y capacidad estratégica. Allí coordiné el proceso de racionalización que llevó a las 14-15
empresas concesionarias a fundirse en cuatro, luego tres, empresas integradas y
participe activamente en la planificación del cambio de patrón de refinación,
la campaña exploratoria costa afuera y el proyecto para el desarrollo de la
faja del Orinoco, temas de especial interés para la primera junta directiva,
1976-1979.
MARAVEN. En 1979, al final de mi trabajo en la junta
directiva de PDVSA, regresé a Maraven como miembro de la Junta Directiva y allí
encontré una organización que, además de continuar guiándose por las normas y
reglamentos que existían en su antecesora Shell, introdujo varios ingredientes
gerenciales que eran muy novedosos para la época. El primero fue el de cambiar
la naturaleza territorial de los directores, es decir, su atención exclusiva a
un territorio específico, exploración y producción refinación, finanzas, etc.,
por una visión integral del negocio, es decir, los convirtió en directores
corporativos. Esta fue una iniciativa del presidente de la empresa, Alberto
Quiros, quién era un firme creyente en la visión de helicóptero, es decir, la facultad
de ver el bosque y no solo el árbol, lo que en medicina llamaríamos un
internista en preferencia a un especialista. Otra iniciativa de Maraven fue el
propagar el uso en PDVSA de la planificación por escenarios, algo que había nacido
en Shell. Yo me hice caro de una pequeña unidad de planificación en esos años, contando
con el apoyo de dos brillantes jóvenes venezolanos recién llegados de MIT con
sus lustrosos diplomas de post grado: Moises Naim y Raúl Arriaga. Una tercera innovación
de Maraven fue la de Desarrollo Organizacional, las técnicas orientadas a la resolución
de conflictos interorganizacionales y a mejorar el ambiente de trabajo en la
empresa, para lo cual se creó un grupo de extraordinarios profesionales de esa
especialidad.
En este punto deseo rendir un homenaje especial a un
miembro de nuestra junta directiva de Maraven quien se convertiría en figura
clave del éxito de PDVSA en sus primeros años. Me refiero a Pablo Reimpell,
Pablito. El héroe silencioso de PDVSA.
MENEVEN. En Maraven fui muy apreciado. Tanto así que
decidieron proponerle a PDVSA que me promoviesen a vicepresidente de Meneven, quizás
con miras a colocarme eventualmente en la presidencia de alguna filial. Fui
transferido a Meneven, como segundo a bordo, acompañado de Gustavo Inciarte
como director de exploración y producción y de José Mavarez, como director de
Finanzas, ambos extraordinarios en su campo. Meneven fue una interesante experiencia
para mí, porque se trataba de una empresa bastante fuerte en exploración y producción,
con sólidos profesionales en ese campo, pero menos fuerte en planificación
corporativa, recursos humanos y finanzas, actividades que su antecesora, Mene
Grande, llevaba a cabo en sus oficinas centrales de USA (Gulf Corp.) sin
delegarlas a la filial venezolana. Nuestra misión era la de fortalecer esos
campos, convirtiendo a Meneven en una empresa integrada. Nuestra llegada fue
aceptada por disciplina, pero fue vista por buena parte de la organización
existente casi como una invasión de extraterrestres. El presidente, el
caballeroso Bernardo Diaz sintió que estaban tratando de cambiarle su organización
(en efecto, había algo de eso) y varios miembros de la organización que tenían
mucho poder de liderazgo hicieron resistencia a nuestros esfuerzos. No fue una fácil
experiencia, pero recibí muchas satisfacciones de la organización que comprendió
que mis intenciones eran buenas. En ese proceso de adaptación estábamos cuando
se decidió a nivel del ministerio mudar la sede de la empresa a Puerto La cruz.
Esta fue una medida que consideré impropia, originada por razones ajenas al
bienestar de la empresa, en aquel momento a mi cargo por enfermedad de Bernardo
Diaz, por lo cual la protesté con vehemencia. Tan vehemente fui en mi protesta
que me botaron. No solo de Meneven sino de la industria petrolera en la cual había
estado 27 años. Sali de esa industria como un paria, ya que quien peleaba con
el gobierno era visto así por quienes temían caer en desgracia. Recuerdo haber
llegado a un coctel, con mi llegada produciendo una estampida general hacia el
lado opuesto del salón. Solo tuve dos ofertas de empleo posteriores a mi salida
de la industria petrolera, ambas condicionadas a que no hubiese objeción del gobierno.
Me tuve que ir de Venezuela.
HARVARD. Aterrice
en Harvard, aceptando una invitación para ser un Fellow en el Centro de
Relaciones Internacionales que manejaba Benjamín Brown, es decir, una especie
de investigador, con un salario más bien simbólico, con la categoría de miembro
de la facultad, pudiendo dar seminarios sobre el tópico elegido para mi investigación.
En los dos años que estuve allí, tuve una bellísima experiencia. Andaba en blue
jeans, comiendo helados, viendo pasar a mi lado a premios Nobel en bicicleta. Tomaba
café con Daniel Yergin, con Raymond Vernon, conversaba con Joseph Nye o con
Samuel Huntington, veía a Jorge Dominguez y a Robert Putnam todos los días. La
persona que más me ayudo en Harvard fue el extraordinario Pedro Pick, un hombre
que vivió para hacer el bien y ayudar a todos quienes se acercaban a él. En
Harvard escribí un libro sobre la nacionalización del petróleo en Venezuela,
que tuvo dos ediciones, 1983 y 1984 y me dio unos $30000 en regalías. Allí también
escribí el capítulo petrolero para “Venezuela: Una Ilusión de Armonía”, el famoso
libro editado por M. Naim y R, Piñango, del IESA.
BANCO INTERAMERICANO DE DESARROLLO. Estando en
Harvard recibí una llamada del Banco Interamericano de Desarrollo, en
Washington, invitándome a una entrevista sobre un empleo en potencia. Se traba
de un concurso para elegir un especialista en Hidrocarburos y Energía. Acudí a
la entrevista y allí me dijeron que era uno de 50 candidatos para esa posición.
Después fui invitado a una segunda entrevista y posteriormente recibí una
oferta de empleo del banco que me caía muy bien, dado que yo debía regresar al sector
laboral después de dos años de vivir las delicias de la vida académica. Me
ofrecieron $65000 al año, libres de impuestos, con visa especial para trabajar
en los Estados Unidos, seguro médico, dental, pago de parte de la educación de
los hijos. El banco era llamado la jaula de oro y, me dijeron que allí había
dos cosas muy difíciles. Una era entrar, la otra era salir. Mi experiencia en
el Banco fue muy positiva, analice unos 16 proyectos en diversos países de la región,
viaje y conocí casi todos sus países miembros y pude darme cuenta de que
llenaba una función muy necesaria en la región, pero padecía del mismo mal de
sus países miembros, una dosis indeseable de consideraciones políticas de corto
plazo en lo que debería ser una actividad profesional de amplia visión hacia el
futuro. Su éxito era medido por los países que aportaban el capital en base a la cantidad de proyectos llevados a
cabo, lo cual tenía el riesgo de “promover”
proyectos que podrían hasta no
ser los más necesarios para los países (no quiero sugerir que esto era práctica
común, sino que representaba un potencial conflicto de interés). Estuve siete años en el BID y regresé a
Venezuela en 1989, animado por el deseo de servir a mi país en el sector público,
el cual veía como especialmente ineficiente. Durante mi estadía en el Banco
había desarrollado mis propias ideas sobre lo que deberían ser las funciones
del desarrollo. En esencia pensaba que desarrollar era necesario hacerlo en el
terreno mismo, no podía hacerse desde Washington DC.
En este punto termino esta primera parte de la
narrativa, a fin de no hacerla demasiado larga.
Una segunda parte seguirá pronto, para quienes puedan estar interesados
en estas experiencias de trabajo y de vida.
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