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lunes, 15 de marzo de 2021

Me reencuentro con un tequeño despues de 70-75 años

 


                    CONVERSACIÓN CON JOSE BALBINO LEON QUIJADA

                                       SOBRE LOS TEQUES DE 1940-1950

 

****  Un reencuentro con un amigo de mi adolescencia después de 70-75 años


 

He escrito bastante sobre Los Teques, el pueblo donde pasé mi niñez y adolescencia, años de inmenso bienestar que – he dicho – me ayudaron a abrir una cuenta de ahorros en el Gran Banco de la Felicidad, la cual me ha servido en estos años para ir haciendo retiros que me permiten compensar por las durezas con las cuales nos ha retado a los venezolanos el siglo XXI.

A medida que he ido haciendo retiros me doy cuenta de que la magnitud de lo allí depositado me alcanzará con creces hasta el día en el cual me vaya a Marte a visitar a Ray Bradbury.

Como geólogo ando siempre buscando los testimonios del pasado. Adoro las amonitas, aquellos cefalópodos del cretácico que fueron reinas de los mares hace 75 millones de años y que contribuyeron decisivamente a generar muchos de los barriles de petróleo que luego los venezolanos hemos desperdiciado. Pero, me interesan también los hechos históricos recientes, como el de aquella bella aldea de Los Teques que era como un Davos Platz venezolano. Ya los habitantes de aquella Los Teques de la década de 1940 escasean. Hace un par de años me reencontré con uno  de ellos, mi compañero de adolescencia en excursiones a El Encanto, a cuevas y lagunas, amante de la naturaleza, José Balbino León Quijada, quien salió de Los Teques (http://lasarmasdecoronel.blogspot.com/2021/02/la-aldea-y-los-suenos-de-universalidad.html ) para estudiar ecología en la Universidad de Burdeos, convirtiéndose posteriormente en profesor de Ecología en la Universidad de Orleans y en la Universidad de París, autor de artículos sobre el desarrollo publicados en Le Monde y fundador del Centro de estudios Ambientales en Burdeos, del cual fuera su primer director.  José Balbino fue uno de los varios jóvenes salidos de la pequeña aldea tequeña para convertirse en ciudadano universal, nacido en lo pequeño pero siempre pensando en lo grande. Después de unos 70- 75 años sin saber el uno del otro, nos hemos reencontrado virtualmente y hemos establecido un diálogo nostálgico, tan lleno de afecto como si nunca hubiésemos dejado de vernos o escucharnos.  

 

                                           NUESTRA CONVERSACIÓN

José Balbino:

 ¡Qué gran placer sentí al recibir “La Aldea y los sueños de Universalidad”!  (ver http://lasarmasdecoronel.blogspot.com/2021/02/la-aldea-y-los-suenos-de-universalidad.html ), Gustavo . Es una magnífica pieza literaria y un gran esfuerzo de síntesis histórica, pues con mucha facilidad vas de un lado a otro. De pronto estás en París cenando en Fouquet y luego recordando episodios y personajes de la Aldea de los Teques en plena cosecha de “gente universal”

¡Tremendo epíteto!

Quien iba a pensar, Gustavo, que de aquellos patinadores de misas de aguinaldo, excursiones al Cerro La Cruz y el Pan de Azúcar, comedores de mangos y pescadores de sardinas, saldría un Manuel Henríquez a dirigir un hospital en Alemania, un Carlos Alberto Moros a ser rector de la UCV, tú a PDVSA y tantos otros. 

 

Gustavo:

Tantos otros, como tú, como Julio Barroeta, Luis Ayesta, Carmen Mannarino, Carlos Gottbergh, Rubén Ángel Hurtado, etc.  Gente Universal es un epíteto nada injustificado porque siempre me sorprendió que en nuestro pueblito de una población que sería de unos 8-9000 habitantes a lo sumo hubiese tanta gente joven pensando en asuntos de dimensión universal: música clásica, ópera italiana, grandes novelistas europeos a lo Mann y a lo Hesse. Tanta gente de ingenio.

 

José Balbino:

Realmente es maravilloso eso de cenar en Fouquet. Creo que una vez comí allá por los años ’70, pero desde luego no fue en compañía de Arturo Rubinstein, pues ello habría potenciado mi cena. Comprendo el cuadro inolvidable en que participaste y que esos momentos se quedaron en la memoria para toda la vida. Ello me hace  me hace recordar el restaurante de Falkenhagen, cerca de las Cuatro Esquinas de Los Teques, lo recuerdo casi a la par de la Tour d’ Argent, el famoso restaurante parisino donde cada dos años iba para celebrar mi cumpleaños con mi familia. Lamentablemente la situación de nuestra vida de hoy acabó con esa tradición.

 

Gustavo:

Quise iniciar mí escrito con la referencia a los dos grandes acompañantes que tuve en “Fouquet”: Daniel Trumpy y el pianista Rubinstein, porque ambos hicieron énfasis, durante la cena, en la felicidad que habían tenido al crecer y vivir parte de sus primeros años en aldeas o pequeñas comunidades. Ello reafirmó mi creencia en la virtud de crecer en sitios pequeños, donde se establecen vínculos de solidaridad que generalmente son más difíciles de establecer en las grandes ciudades (hay excepciones, por supuesto)

 

José Balbino:

Iniciaste tu escrito con ese epigrama, el cual me hizo cambiar mi estado de ánimo y presentar un epígrafe sobre Los Teques y su cosecha de gente universal. Sin lugar a dudas tienes intuición, en su sentido lato, para expresar lo que recordamos de Los Teques, nuestra bella y acogedora aldea. ¿Serán los años lo que nos hacen valorar con profundo interés tanto la fisiografía urbana como la caracterología de “El Pueblo” y “El Llano”, de esos grupos familiares que se integraban socialmente en aquellos fabulosos espacios? La vida discurría para mi lentamente en mis años de adolescencia, enamorado de todas la quinceañeras a quienes el clima de “La Aldea” les daba a sus caras unos colores rosáceos pasteles (de poma rosa)  que me incitaban a ir al parque Knoop, a recoger unos coquitos que por antonomasia le daban nombre al parque. Esos coquitos, raspados, pulidos con Crema Brasso y hasta grabados eran joyas que me servían para ayudar mis flirteos, al obsequiárselos a mis pretendidas.  También en la Aldea y motivado por un amigo, me puse a pulir cachos de res con el mismo procedimiento y me propuse hacer de ellos una lámparas. Cuando me di cuenta de que las “bichas” esas eran bien pavosas dejé de hacer aquellos mamarrachos, aunque a mucha gente le encantaban. ¡Eran muy cursis!

 

Gustavo

Yo siempre quise pulir los coquitos como hacían otros adolescentes, pero nunca logré hacerlo. Tampoco pude patinar o andar en bicicleta. Era un niño muy torpe (y no he mejorado). Y, sobre el éxito con las muchachas, pocos hits cero carrera, afortunadamente cero error. Era muy tímido. Aunque si me enamoré de Lolita Roberts, primero, luego de Myriam ….. fueron bellos amores de adolescencia

 

José Balbino:

 En La Aldea había gente que nos proporcionaba gran distracción. Recuerdo mucho a uno de la “gente universal”, Julio Barroeta, quien decía que la estatua de Guaicaipuro –que tu recuerdas- situada en la misma plaza de su nombre, donde está su estatua en posición de empezar una carrera olímpica. Julio – muy travieso - decía que Guaicaipuro no iba a atacar a los españoles sino que estaba listo para salir corriendo.

Los variados síntomas de que vivíamos en una pequeña aldea se demostraban cuando pasábamos dos horas todos los domingos en la noche en un interminable caminar entre al altozano y la esquina que hoy llaman “El Dato”.

Íbamos al compás de las melodiosas notas de la Banda Estadal que dirigía el Maestro Adelo Alemán. De nuevo, el afilado Julio decía que la banda  “ejecutaba” la música clásica, pero que la “otra”, la popular,  si la tocaba bien Hablo de nuestra famosa “Retreta” Y seguíamos siendo aldeanos cuando nos maravillábamos al ver el hueco por donde se había escapado de la cárcel tequeña el legendario “Petróleo Crudo”, aquél mismo recinto donde el Dr. Daza, médico, supuestamente homicida de su mujer, pagaba su condena y atendía pacientes, sin ninguna vigilancia y con muchos “aciertos”, en la entrada del recinto. Tú mismo me has recordado a la Sra. Casado y su pensión, que era así como el “Hilton” de nuestro pueblo,  la pensión más tranquila, segura y limpia de la Aldea.

 

Gustavo:

Es que eso que dices era la esencia de la magia de Los Teques. Las retretas, la gente, las caminatas por las calles llenas de niebla. Y, sobre todo, el humor. No sé si era por el clima pero en Los Teques abundaba la gente de ingenio, de todas las edades. Recuerdo al Sr. Anselmi, creo que de nombre Giacomino. A Luis Ayesta, de un humor un tanto ácido pero muy  ocurrente. A Julio Barroeta, muy fino. Había un señor, no recuerdo su nombre, que inventaba palabras, que hoy serían magníficas como passwords en internet. Yo tengo una.

 

José Balbino:

Me recordaste también a la Sra. Nézer y al Padre Ojeda, dos pilares de la educación en el pueblo, acompañados del Bachiller García, quien añoraba irse a los Estados Unidos y enseñaba inglés a los alumnos de 4º grado de primaria en la Escuela Arocha. Y al Padre Díaz, “Prefecto” del Liceo San José, cargo que ejercía valientemente.

De aquella institución, el Hogar Escuela Infantil (luego nombrado “Consuelo de Marturet”), que dirigía tu mamá acompañada de unas distinguidas damas, entiendo que un egresado, Emilio, un serio muchacho, paradójicamente se convirtió en un exitoso libretista de la televisión, en un programa como La Radio Rochela. También recuerdo a otro “egresado” quien desde niño soñaba con ser policía y terminó siendo Comisario de la PTJ. Y qué decir de la Pre-Orientación, otra institución en la Aldea que impartía los estudios de la primaria completa y algunos oficios técnicos.

 

Gustavo:

Cuando llegué a Nueva York a estudiar inglés, en enero 1950, la primera persona que vi en NYC, en el aeropuerto, fue al profesor García, quien trabajaba para la Línea Aeropostal Venezolana. Me invitó a almorzar en su apartamento en Brooklyn, donde vivía con su mamá. Cuando llegué estaba bañándose y la bañera estaba en la mitad de la cocina.

Como dices,  el padre Isaías Ojeda, la Sra. Nézer, el Padre Jorge Losch (Puyula) eran personajes inolvidables. Puyula está enterrado en Los Teques, lejos de su Alemania de nacimiento.  La última vez que estuve allá, hace años, visité su tumba y le dije cuanto había influenciado mi vida, al contagiarme el amor por la geología, así como Isaías Ojeda me inyectó amor por la filosofía y la historia.

 

José Balbino:

El remanso de la Aldea sólo podía ser interrumpido por alguien que refería que en la noche de ayer había salido “un espanto” o un “muerto” en tal sitio, en un lugar lúgubre, sólo iluminado por una “bujía” de 16 vatios. Alguien podía agregar que no era “un muerto” sino la “sayona”.  Una manera muy particular de hacer que los aldeanos durmieran temprano!

¡Cómo me gustaba mi Aldea! Nada tan apasionante como contemplar aquellas

figuritas que eran como pequeñas esculturas de azúcar que hacían las Mendiri, en forma de “caballitos”, estatuillas diversas y otras formas de deliciosos caramelos. O aquel trozo de queso blanco cubierto de masa de harina de trigo, que las Báez inmortalizaron en un pasapalo que desde hace décadas no deja de estar presente en un matrimonio, un bautizo o cualquier celebración.

 ¡Cómo distinguía al Dentista Dr. Mendoza del Odontólogo Bracho! Como disfrutaba ver llegar millones de pajarillos que en su vuelo a no sé dónde descansaban uno o dos días en los árboles y líneas telefónicas antes de seguir su largo viaje. ¡A veces caían de sus puestos muertos de cansancio! No sé en qué momento pasamos del sencillo “Laboratorista” a ser el licenciado clínico microbiológico. ¡O bien pasamos del Padre López a Monseñor Pérez!

Del Padre López, huraño y cara de pocos amigos, se supo después que daba alimentos a unas cincuenta familias sin que nadie lo supiera.

 

Gustavo:

¿Recuerdas las peleas en la Vuelta del Paraíso? Las de Alejandro Arteaga con Henrique Lazo  fueron memorables. Yo tuve una muy buena con uno de los Salaverría. Y Julio Barroeta, quien me asistía en la esquina me gritaba: “Aplícale la Llave del saber”, en alusión a aquella enciclopedia de unos siete tomos que fue tan popular en la época.

 

José Balbino:

A principios de este siglo a alguien se le ocurrió “repensar” a Los Teques. Julio Barroeta, Manuel Henríquez, Carmencito Mannarino, Ildefonso Leal, mi esposa Mireya y yo, comenzamos a reunirnos los sábados por la tarde para recordar “La Aldea”, pero no funcionó. En uno de esos años un “nazi” que vivió en Los Teques se le ocurrió quemar los libros de la biblioteca estadal y otros documentos importantes para la vida pequeña y una enorme pira de libros desapareció entre las llamas …y nadie reclamo en el momento, ni tampoco después, a estos gorilas. Cuando veo que en España hay pueblos que solo poseen unos pocos habitantes y quieren mucho sus aldeas, incluso vi un reportaje donde sólo hay un habitante y luego veo a Los Teques que prácticamente explotó, debo entristecerme.  Un buen amigo mío austriaco que había vivido en Los Teques vino a visitarnos y  me dijo que aquello parecía una ciudad alemana después de los bombardeos aliados.

 

 

Gustavo:

Los Teques involucionó, al pasar de aldea a ciudad. Perdió su encanto y “El Encanto”, sus seres originales se fueron difuminando entre la creciente población. Algunos todavía estuvieron batallando por conservar su sabor se fueron muriendo uno a uno. El sabor de Los Teques se fue debilitando con el paso de los años, como el aroma del Jean Marie Farina en el pañuelo del anciano caballero.  

 

José Balbino:

Ya para terminar y por lo que a mí respecta creo que eres exagerado al darme

un valor académico que sólo tu bonhomía puede impulsar. Gracias, Gustavo, mil gracias más por hacerme sentir importante en la vida de la Aldea, al lado de gente tan valiosa como tú consideras. Por último, quiero que sepas que le enviado una copia de tu correo a la profesora Alba Lía Barrios, una excelente y muy apreciada amiga de Carmencita Mannarino, pues sabrá apreciar tu referencia a Carmencita. Un fuerte abrazo y mis mejores deseos por tu salud y la de los tuyos.

Fraternalmente, José Balbino

 

Gustavo:

Un buen abrazo, José Balbino, estoy seguro de que mientras esté vivo algún tequeño, edición 1940,  la aldea no desaparecerá sino que estará vivita y coleando en sus y en nuestras mentes.

 

NOTA

 

Sobrevivientes de Los Teques edición 1940 - 1950: que tengan salud y felicidad. Escríbanme a coronel.gustavo@gmail.com si quieren compartir sus recuerdos. Hay nostalgias duras y nostalgias dulces. Estas sobre Los Teques son dulces.   


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Daría lo que no tengo y lo que sí por haber vivido la Venezuela que empezó en 1935, como ustedes dos pudieron. La que me tocó no hace justicia a la que fue en verdad.

Gran abrazo a ambos, tequeños de corazón.

Gustavo Coronel dijo...

si. fue una venezuela amable, a pesar de que tuvimos conbtratiempos. Pero fue una etapa privilegiada para muchos nosotros, quienes tuvimos la certeza de que ibamnos a vivir mejor que nuestros padres. Hoy en dia esa cereteza ha desaparecido,
Gustavo

Anónimo dijo...

Gustavo cuantos recuerdos se me vinieron a mi mente con ese recuento de Los Teques donde vivi con mis padres durante 16 años. La nostalgia de visitar el parque Knoop, su olor a pinos, el tren al Encanto, las tiendas de los Almosny, Rafael Guillen, los hermanos Morante, me acorde de las retretas, las procesiones y el Carnaval donde Filomena era la mas entusiasta disfrazada de mamarracho, las fiestas en los clubes los pasapalos y tortas de la Sra Casado, las clases de pintura de Carmen Cecilia y hasta los caramelos de las Mendiri, los matinales del cine Lamas, las misas de aguinaldo, la escuela Jesus Maria Sifontes dirigida por la Sra Nezer y las excursiones de varias horas para llegar al Pan de Azucar y el Cerro de la Cruz que ahora se ven desde la Panamericana como simples colinas.