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jueves, 20 de enero de 2022

ANTONIO PASQUALI, MENSAJERO DE LA EMOCIÓN

 

QUINTO VIAJE A SERENDIPIA

ANTONIO PASQUALI, MENSAJERO DE LA EMOCIÓN

                                            En nuestro apartamento, Washington DC, circa 2014

Las posibilidades matemáticas de que dos personas se encuentren en este universo para llegar a ser estrechos amigos e influir significativamente el uno en el otro son tan pequeñas que no pueden ser cuantificadas. Cuando esto se concreta se trata de un evento serendípico. Si se piensa que el ser humano comenzó su vida en el planeta hace unos 200.000 años - vaya usted a contar cuantos han pasado por la vida - resulta ocioso especular sobre la coincidencia.

En una entrevista hecha a Antonio Pasquali por Guadalupe Burelli para Prodavinci mi inolvidable amigo hablaba de su llegada a Los Teques así, verla en:  https://prodavinci.com/antonio-pasquali-el-comunicologo-la-vida-sin-nostalgia/

 “Mi padre, un laico blando, había decidido irse por lo sólido e inscribirme como externo, en el Liceo San José de Los Teques, el del gran Padre Ojeda que medio país conoció. Ese colegio era excelente, su profesor de matemáticas y médico del pueblo fue el único ser en la tierra que me hizo amar la trigonometría ¡el colmo!, mientras la señora Casado, en cuya pensión vivía, me iba enfermando el estómago con sus incesantes huevitos en manteca los tres cochinitos. De entre los numerosos compañeros de clase, trabé una sólida amistad, que perdura, con el tequeño Gustavo Coronel. Su bella hermana Cristina, sus apacibles padres -su papá era director de Correos-, la sombreada casa de tinajeros y helechos, el aire de pulcritud, honestidad y serenidad que allí reinaba, fueron construyendo en mi espíritu una suerte de modelo de familia venezolana clase media depositaria de sólidos valores con el que yo me identificaba totalmente, y en el que veía el núcleo duro de un latente y mucho mejor destino nacional.

Y en su biografía por Wikipedia, ver:  https://es.wikipedia.org/wiki/Antonio_Pasquali  podemos leer: Retomados los estudios de bachillerato, en 1950 se matriculó en el Liceo San José de Los Teques para realizar 4º de bachillerato. Del contacto con la familia del que fue su gran amigo Gustavo Coronel adquirió fuertes valores en los que encontró el modelo de su idea de país”.

De estos párrafos pudiera pensarse que nuestra relación de estrecha amistad fue unidireccional. Nada más lejos de lo cierto.  Mi contacto con Antonio me abrió a un mundo cultural nuevo, que probablemente nunca hubiera logrado conocer tan plenamente como lo pude hacer, gracias a la aparición de Antonio en el pueblo.  Nuestro primer encuentro en Los Teques marcó el inicio de una amistad que duró 75 años, hasta su muerte en  Tarragona (Cambrils),  España, cuando visitaba a su hija Paola. Durante estos 75 años Antonio fue para mí no solo mi más antiguo amigo sino miembro de una media docena de mentores quienes,  además de mis padres, esculpieron mi carácter. Antonio ya era un adulto intelectual cuando llegó a Los Teques, por lo cual su influencia fue decisiva. Mientras lo que él dice en su entrevista sugiere que una de sus primeras impresiones de la vida venezolana fue la de ser recibido en mi hogar y sentirse reconfortado por la serenidad y bienestar que parecía existir allí, mi primera impresión de Antonio fue la de un ser venido de un mundo lleno de sabiduría, de conocimientos que yo, un  aldeano adolescente, veía como proveniente de un universo superior. Vi en Antonio el  viajero que traía en su equipaje los tesoros de una cultura milenaria.

Pasamos muchos momentos conversando, caminando por el legendario parque Knoop de Los Teques, el parque de Los Coquitos, especialmente por la zona donde las agujas caídas de los cipreses y grevillas formaban una gran y sombreada alfombra, una zona mágica que llamábamos el “fondo del mar”. En esas caminatas Antonio me hablaba de su infancia en Robato, la pequeña aldea equivalente a Los Teques y de la vida en Italia y me transmitía con sus palabras una visión de la vida llena de mitologías y tradiciones que fue ensanchando significativamente mi mundo interior.  

Antonio era un renacentista, romántico y apasionado. Me llevó de la mano a  Ottorino Respighi y sus Pinos de Roma  y yo le mostré a Juan Bautista Plaza y su Fuga Criolla  y el Río de las Siete Estrellas de Evencio Castellanos.  Cuando escribí un ensayo sobre los Esenios para un concurso y se lo leí a Antonio, me dijo: “Chico, le falta emoción. Es un ensayo muy correcto históricamente, pero hablas de ellos casi exclusivamente como grupo religioso, cuando su principal característica fue su vocación comunitaria y su dedicación  a los más necesitados, la posible relación de Jesús con ellos. Ese es el componente que resonaría en el ensayo, más que la erudición académica”.

Antonio me transmitió la importancia de la emoción como componente del diálogo con nuestros semejantes. Aunque su formación académica fue filosófica, basada en una cultura enciclopédica, su personalidad tenía un componente primordial de emoción, de pasión. Quizás por ello se hizo un excelso comunicólogo, disciplina en la cual la emoción tiene un sitio destacado, lo cual explica su significativa influencia sobre sus miles de alumnos.

Para mi ensayo sobre los Esenios los consejos de Antonio llegaron tarde, pero no para las etapas posteriores de  mi vida. De allí en adelante traté de vivir de acuerdo con los consejos de  mi querido mentor, transitando con alegría y abandono los caminos de la emoción que él me trazara. Rara vez he tenido ocasión de arrepentirme.

Es ahora, después de toda una vida, al leer sobre neurociencia, que me doy exacta cuenta de la importancia que tiene la zona límbica del cerebro, por donde las percepciones llegan a nuestra conciencia. Y es después de entrar por esa zona, la zona de la emoción, que ellas son procesadas por las  zonas “racionales” de nuestro cerebro.   

Hasta nuestras más reflexivas reacciones llevan el sello de la emoción que nos caracteriza como seres humanos.

Cuando lo olvidamos y tratamos de excluir ese componente emocional de nuestras posturas, corremos el riesgo de que nos suceda lo que me sucedió a mí con el ensayo sobre los Esenios: no me gané el concurso.

Sin embargo, no ganarnos un concurso dista mucho de ser lo peor que nos puede suceder al descartar la emoción de nuestras vidas. Lo peor es no utilizar plenamente la cualidad típicamente humana de trascender. Pascal decía: “L’homme passe l’homme”, el hombre va más allá de sí mismo. Así también lo decía Saint Exupéry: “Yo combato por la primacía del hombre sobre el individuo… contra sus enemigos… es decir, contra mí mismo”.   


1 comentario:

Anónimo dijo...

Un tremendo valor para la Universidad Central, Pasquali fundó el ININCO en el año 74, que tuvo importantes aportes durante el final del siglo pasado. El anuario del ININCO, de lo mejor que tiene la UCV, institución tal golpeada por ese Caribdis que se llama chavismomadurismo.

La licenciada Morella Alvarado Miquilena, un caballito de batalla también allí en el ININCO, totalmente contraria al madurismo, que ha ido como todos sabemos, socavando cada vez con mayor intensidad la institución universitaria nacional, que le es esquiva, contraria, yo diría que hasta perturbante, porque - en general -, el joven venezolano común ha salido de frente contra esta tragedia que ya llega a 24 años.

Recién, Morella, ha ganado un premio iberoamericano por coordinar el libro (editado bajo formato electrónico): "Ficción Televisiva Iberoamericana en Tiempos de Pandemia", un tremendo trabajo, me gustó sobremanera.

Allí va Venezuela más o menos, quién sabe si pronto saldremos del chavismo, quién sabe si tomará más, pero al menos aún quedan resistencias a la barbarie. En su momento, fueron más los que siguieron a Boves que a Bolívar. Veremos.