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lunes, 13 de abril de 2015

Saludo para la buena gente de Maracaibo



Cuando me fui a estudiar Geología a los Estados Unidos, allá por el año 1951, me conseguí una beca de la empresa Shell de Venezuela, al final de mi primer año en la universidad de Tulsa, Oklahoma. En el verano de mi segundo año la empresa me preparó un programa de entrenamiento. Ello me hizo ir a Maracaibo, a las oficinas de la empresa y a sitios donde se llevaban a cabo trabajos de campo, geología en la zona de Bucarito, estado Lara y geofísica en las llanuras de Trujillo adyacentes al Zulia. Recuerdo que me fui en un avión DC-3 de TACA que salió de Maiquetía y paraba en Barquisimeto y Valera, antes de llegar a Maracaibo, con la mitad del pasaje vomitando.  
Llegar a Maracaibo por primera vez fue para mí como llegar a un planeta desconocido, situado en el Manojo de Mircea. Habiendo crecido en Los Teques nunca había visto una ciudad igual en Venezuela: calles amplias y limpias, arboladas, edificios modernos con-existiendo con casas pizpiretas de grandes ventanas coloniales pintadas de subidos colores, edificios estilo colonial británico, como la oficina de Las Laras, de la Shell, campamentos que parecían salidos de una postal de Borneo, como Bella Vista. Los mercados del centro de la ciudad eran espectaculares, abigarrados, sobre todo uno llamado de la Marina, cerca de las riberas del Lago, donde fornidos caleteros cargaban inmensos sacos de unos plátanos gigantescos que vendían a 8 y 10 por bolívar. Qué ciudad! Además, tenía un estadio de béisbol donde jugaban rivales sempiternos como el Pastora y Gavilanes. La llamada Plaza Baralt era un hormiguero de actividad.
Qué ciudad!  Decían que cuando se estrelló un avión contra el Empire State, la prensa de Maracaibo reportó que un avión se había estrellado contra el “edificio más alto del mundo”. Poco tiempo después había un gentío en la Plaza Baralt viendo hacia un hotel de tres pisos, en búsqueda del avión.
Pero si la ciudad me causó una profunda y muy positiva impresión, la gente me impresionó todavía más. Nunca había oído tanta algarabía en mi vida. Y qué idioma era ese que hablaban?  “Mirá, cristiano”, me llamaban y yo no entendía. O ,“Me tenéis el ciruelo lleno é pepas”, es decir, me estás molestando. En Maracaibo nadie hablaba de política (era la época de Pérez Jiménez)  y las protestas más vehementes estaban reservadas en contra de algún pelotero que había cometido un error en el partido dominical. “Marvin Williams, táis vendido a la campa y a la bata”, gritaban algunos morenitos trinitarios.
El “maracucho” de la calle era de estatura mediana a baja, redondo por la dieta de cerveza y plátanos filúos que constituían su principal alimento, alegres, dicharacheros. Abundaban los “bachacos”, de ojos claros y pelo muy rizado, extrañas mezclas, suponía, de las islas del caribe con andinos.  El tono predominante de la piel, sin embargo, era un hermoso  marrón claro, dorado por el sol. En la Plaza Baralt se podía encontrar de todo lo imaginable y se vendía mucho whisky de contrabando. Me lo ofrecían y me advertían “Este no está puyao”, lo cual significaba que no estaba adulterado. Eran de una cordialidad avasallante y habían desechado el usted como forma del lenguaje. Era tu desde el primer momento.
Las mujeres de Maracaibo eran clase aparte, seguramente todavía lo son. Bellas, de grandes ojos, traseros firmes, andar grácil y muy agresivas. En Los Teques las mujeres no miraban así a los hombres, como manjares apetitosos. Y el lenguaje era, digámoslo así, “poco ortodoxo”. Le mentaban la madre a cualquiera con entera naturalidad, lo cual representó un shock para un tipo bastante gazmoño salido de las montañas mirandinas. Pero, qué alegría y vigor!
En las seis semanas que estuve en Maracaibo y en el Zulia me enamoré de la ciudad y de sus gentes. Conocí  gente que luego serían mis amigos para siempre: Los Faría, los Nagel, los Minoprio, Joseíto Jorak, Alberto Quirós, Gustavito Inciarte.
Regresé a Maracaibo recién graduado y allí estuve unos seis años hasta que la empresa me envió a Indonesia. En Maracaibo me enamoré , me casé  y allí nacieron mis tres hijos. Obtuve la ciudadanía maracucha por “naturalización” . En el mercado de Santa Rosalía me hacía pasar por maracucho para obtener buenos precios. “A como tenéis las papas? “, preguntaba a la buena señora del puesto. No la engañaba, pero ella agradecía mi esfuerzo mimetizante.
En muchas ocasiones sentí “nublarse mi mente”, al comenzar a pasar el puente, cuando regresaba a Maracaibo. Pienso con frecuencia en ella y en mis maravillosos años rodeado de su gente, original, creativa y cordial. Yo dejé mi corazón en san Francisco, en la parroquia de Maracaibo que lleva ese nombre.  En Maracaibo hicimos nuestra primera casa, en Tierra Negra, en la esquina de la calle 13A con 69A, si recuerdo bien.
Hoy, desde Virginia, le envío un cariñoso saludo a quienes fueron, son y serán mis queridos amigos de Maracaibo.
Diogenito: Nos vemos en la bajada de la Bandera!





1 comentario:

Anónimo dijo...

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Los Aticos, Cerveza Regional, y lares, por unos tiempos!